André Rieu

“En las orquestas clásicas, las mujeres visten de negro y parecen monjas”

El violinista habló con Clarín en Chile. Repasó sus inicios, dijo que nunca escuchó críticas a su estilo, confesó que necesita un millón de euros mensuales para mantener su estructura de trabajo, y se asumió más performer que compositor. El año que viene regresará al Luna Park.


Para André Rieu, el secreto de ser popular en un ambiente elitista y conservador como el de la música clásica está en “tocar con el corazón”. Sin embargo, aunque no lo manifiesta explícitamente, hay otro factor que no puede pasar inadvertido: este violinista holandés, que convoca multitudes alrededor del mundo, es un absoluto visionario.

Sin el respaldo de ser un compositor consagrado, y con más distancias que afinidades dentro del universo orquestal, este hombre de 68 años, nacido en la ciudad holandesa de Maastricht -donde aún vive-, dio en la tecla en numerosas ocasiones en un estilo que siempre se consideró alejado de la masividad.

Una de ellas, y las más importante de todas, fue en 1995, cuando definitivamente saltó a la fama con la interpretación de The Second Waltz (El segundo vals), del compositor ruso Dmitri Shostakóvich, incluido en su disco Strauß & Co, lanzado un año antes.

Relajado en la imponente suite presidencial del hotel Sheraton, en Santiago de Chile, Rieu rememora aquel puntapié inicial rumbo a una popularidad que no para de crecer. “Recién terminábamos nuestra primera grabación importante”, cuenta en su perfecto inglés.

Aquel disco incluía la exquisita pieza de Shostakóvich, porque en esos tiempos una compañía de seguros la había utilizado para un comercial de televisión. “Sin pensarlo, casi al final de la grabación, decidí incluirlo en el disco”, avanza el músico, que estudia violín desde sus 5 años.


-Luego la tocaste en vivo en medio del partido entre Ajax y Bayern Munich, semifinal de la UEFA Champions League en 1995, y fue un boom comercial…

-Sí. Pude tener un minuto en vivo y en directo durante el entretiempo. Pero lo tengo que decir, Ajax me hizo un gran favor y convirtió antes del descanso. La semana siguiente vendí 200 mil discos.

-Y después, encima, Ajax salió campeón.

-¡Por supuesto!

Sin poder huir de este presente víctima de un sistema digitalizado donde la música más escuchada está, claramente, lejos de cualquier vals de Johann Strauss (y hasta de populares canciones de rock), André Rieu se mantiene como una estrella mundial. Una celebridad que desborda teatros o estadios, que en su gira de 2009 superó a Coldplay y a U2 en las recaudaciones. Una verdadera proeza dentro de un género que se supone para pocos.

Pero otro de los factores que influyen notablemente en los impresionantes números de Rieu, es convertir sus espectáculos en pequeños sketchs humorísticos o, al mismo tiempo que el espíritu sonoro de El Danubio Azul (de Strauss) fluye desde el escenariotransformarlos en pistas de baile con una suelta de globos y descorche de algún que otro champagne para festejar.

-“El secreto está en tocar con el corazón”, repetís. Tu éxito, entonces, también está en convertir el estadio, teatro, o lugar que toques, en una fiesta… Aunque a muchos puristas del género no les agrade.

-No sé por qué esto no puede ser una fiesta; si la música es una fiesta en si misma. Mi felicidad se basa en estar en un escenario cada noche, rodeado de las melodías más maravillosas de todos los tiempos, y ver a mi público feliz. Yo nunca escuché críticas, a decir verdad. Probablemente las haya, pero nunca las escuché. (Se ríe) Mi primer crítico fue mi padre (director de orquesta).

-¿Cuando fue el momento en que te diste cuenta que tenías que cambiar el ambiente de la música clásica?

-Desde siempre. Muchos años atrás, cuando estaba solo sentado en el conservatorio de Maastricht, me dije: “Mi Dios, cuánta seriedad hay acá”. Entonces traté de cambiar eso y de permitirle a esa música ser divertida. Es música, y es lo que dice tu corazón. Nunca entendí ni entenderé por qué hay algunas personas que no creen que esto se pueda hacer dentro de la música clásica. En las orquestas clásicas las mujeres siempre visten de negro y parecen monjas (en su espectáculo todas poseen vestidos antiguos de diferentes colores). ¿Por qué no hacer música con colores para ver, con mucha belleza para disfrutar?

-En 2012 te enfermaste debido a un virus y tuviste que enfrentar una gran deuda económica luego de cancelar dos giras internacionales. ¿Qué ocurre con tu economía si parás de tocar un año?

-Estuve enfermo dos veces, y no pude tocar en vivo por tres meses. Así que esos meses fueron muy caros. Sin tocar, necesito por lo menos un millón de euros al mes para poder pagar todo. Cuando eso se prolonga, mi economía se viene a pique. Gano mucho dinero con mis conciertos, pero no podés imaginar la cantidad de gente que trabaja conmigo…

-Y tenés la mayor orquesta privada del mundo…

-Estoy muy orgulloso de tenerlos. Fundé la Johann Strauss Orchestra en 1978, con sólo 13 músicos. Tocamos para bodas, restaurantes, en cualquier lugar donde pudiéramos conseguir una reserva y, al principio, fuimos siempre ignorados. Hoy la integran más de 50 músicos.

-Teniendo que pagar sueldos para tu orquesta, asombra el riesgo que tomaste de haber hecho construir réplicas del Palacio Schönbrunn de Viena como escenario, en tu gira mundial de 2008. Y la grave consecuencia económica que te implicó esa decisión, que hasta te llevó a la quiebra. ¿Nunca te arrepentiste?

-Tomo riesgos todo el tiempo. Cada vez que subo al escenario es un riesgo. Parte del éxito se debe a arriesgar. Pero es un buen riesgo; finalmente el público te ama porque das todo. Cada vez que subo al escenario soy un ser real. Y… (pausa) no me arrepiento para nada. No sé por qué tomé esa decisión. Capaz que es porque estoy loco (risas). Pero, de hecho, construí dos escenarios así: otro para Australia. Había una pista de hielo, fuentes, un salón de baile repleto de bailarines… Incluso teníamos un carruaje cubierto de oro real. Solamente le prometí a mi esposa que no lo iba a hacer nunca más (risas).

-¿Qué diferencias notás entre tu violín Stradivarius (construido en el año 1732) y otro?

-La diferencia está en el tipo de sonido, lo que emana al tocarlo. Es muy pasional y entrega un sonido muy cálido… Claro que tengo el dinero para comprarlo, pero puedo tocar también hermosamente con cualquier violín. Siempre digo que cuando lo toco me recuerda a la cantante de ópera Maria Callas.

-¿Hay alguna canción popular que te haya costado interpretar y/o “transformarla” en música orquestada?

-(Piensa) No… Mirá, te pongo el ejemplo de Cielito lindo, que es un clásico. La toco con mi orquesta y suena como música clásica… (Pausa) Hay veces que mi esposa me comenta sobre canciones de otros géneros que toco, y me pregunta cómo puede ser que suenen a Beethoven. Tengo que usar mi orquesta, y no quiero implementar otros instrumentos para que los arreglos suenen parecidos a la canción original. Es mi educación musical.

-¿Por qué no tenés obras propias?

-No soy un compositor como Mozart que componía con la derecha, tomaba alcohol con la izquierda, y tenía sexo a la misma vez. Soy más un performer que un compositor de música clásica. Aunque tengo algunas canciones de mi autoría, y son más de cinco. Aunque no se diga (risas).


Una casa que tiene 550 años

El sueño cumplido del palacio propio

Rieu vive en un castillo ubicado en Maastricht, con su mujer, Marjorie, con quien arrancó poniendo afiches de sus shows siendo adolescente. La imponente fortificación se llama “De Torentjes” (Las pequeñas torres), data del siglo XV y es considerado un monumento holandés. Lo adquirieron en 1999 por casi dos millones de euros y, precisamente, la cocina del ahora gran castillo es su parte más antigua: según el violinista, data del año 1452. Ese lugar fue la residencia en la que Charles de Batz-Castelmore d’Artagnan, el militar francés cuyas memorias inspiraron las aventuras de Los tres mosqueteros, la novela de Alexandre Dumas, vivió allí los últimos días de su vida antes de ser asesinado en combate, en 1673, en la misma ciudad, durante la guerra franco-holandesa.

Aún más, la historia y el propio André Rieu cuentan que el militar Batz-Castelmore d’Artagnan tomó su último desayuno allí, en esa cocina, antes de morir al servicio del rey Luis XIV.

“Siempre quise vivir en un palacio; era un sueño. De chico leía Tintín; en uno de los cuentos él logra vender un invento del profesor Tornasol, y con lo que cobra de la venta compra un palacio”, rememora Rieu sobre su anhelo y su hogar, que dentro de la residencia tiene escrita la leyenda “En este lugar sólo se permite la entrada a los amantes de la música“.


Músico todo terreno

“No se debe distinguir por género”​

Los programas de Rieu no sólo incluyen Cuentos de los bosques de Viena, de Strauss, Ballade pour Adeline, de Paul de Senneville, o Nessum Dorma, de Giacomo Puccini, sino que con el pasar de los años añadió a su repertorio música de películas, o canciones famosas como la rockera Tutti Frutti de Little Richard, Somewhere over the rainbow, la balada escrita para la película El mago de Oz, o Cielito lindo, del mexicano Quirino Fidelino Mendoza y Cortés, entre otras. “Hay buena o mala música. No se debe distinguir por géneros. Es un error hacer eso”, repite Rieu.

En 2000 compuso su vals La vida es bella, junto con su hermano Jean-Philippe, y en 2013, de su puño y letra salió El vals de la coronación, dedicado a los reyes Guillermo y Máxima de Holanda.

Además, Rieu recibió un regalo muy especial. En 2011, el actor (músico y pintor) británico Anthony Hopkins compuso And the Waltz Goes On​ (Y el vals continúa), que no quiso que fuese tocado por nadie hasta que encontrara al músico adecuado. Cuando escuchó al violinista holandés supo que era el indicado para interpretar la pieza. “La primera vez que la toqué fue con él, frente a una audiencia en Viena. Fue muy emocionante, para los dos”, recuerda.

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